Las ramas de los árboles le golpeaban la cara en su huida. El
crujido de sus pasos por el suelo del bosque y su respiración entrecortada
por el esfuerzo eran el único sonido capaz de oír.
No lo podía entender, él mismo se había encargado de enterrar
el cuerpo ¡y estaba frío como el mármol!.
Todo comenzó cuando, al terminar las fiestas de ese pueblo en donde veraneaba
desde pequeño, cogió el coche para volver a la urbanización.
No la había visto, apareció de pronto al tomar esa curva y no
pudo hacer nada para evitar el atropello.
Era una niña muy pequeña y casi estaba destrozada por el golpe.
El coche estaba lleno de sangre y tiras de piel, carne y pelo. No se paró
a pensar en ella, sólo actuó para librarse de un caso de homicidio
involuntario... él era abogado y sabía que aunque el alcohol que
tenía en la sangre era un atenuante, estaba perdido, su vida profesional
no se recuperaría de este caso.
Por eso retiró el cuerpo de la carretera y cavó una fosa para
depositarlo. Por eso se encargó de ocultarlo meticulosamente y de borrar
toda huella externa del enterramiento. Por eso se prometió a sí
mismo que nadie sabría nunca lo que había pasado esa noche.
Pero lo que había sucedido después le dejó helado. Al volver
a por el coche vio que alguien estaba cerca de él. Estaba fuera del alcance
de los focos y no sabía quién podía ser. Cuando alumbro
con la linterna descubrió que la misma niña a la que acababa de
atropellar y enterrar estaba mirándole fijamente, con una frialdad que
se clavaba en el alma. Léntamente levantó su mano, le señaló
con el dedo índice y en su rostro se dibujó una horrible sonrisa.
De su boca surgió un horrible grito, un grito que no era igual a nada
que él hubiera escuchado antes.
Ahí fue cuando comenzó a correr, presa del pánico, adentrándose
en el bosque en donde se encontraba ahora.
De eso hacía ya un buen rato. Sus pulmones ya no podían más
creía que le iban a estallar. Se paró y , en silencio, intentó
escuchar otras pisadas para saber si le había seguido. Sólo se
oían los grillos y el canto de algún pájaro nocturno. Quizá
todo lo había soñado, y era el alcohol y los porros lo que le
provocaron esa alucinación. Sí, eso tenía que ser , lo
había imaginado todo. Volvería al coche y se iría a casa
a dormir, la noche estaba siendo muy rara...pero al darse la vuelta allí
estaba esa niña , “¡ no, no , no es posible!”- gritó-
de pronto sintió un dolor muy fuerte en el pecho, su mano se aferró
al lado izquierdo agarrotándose al prender la camisa y cayó fulminado
al suelo.
Al día siguiente, en el pueblo, no se hablaba de otra cosa:
el chico ese que venía a veranear había sido encontrado en la
zona llamada de “La niña muerta”, al parecer, había
sufrido un ataque al corazón cuando volvía a casa después
de la fiesta del pueblo.
Pero lo que todos sabían y nadie decía es que desde que un borracho
atropelló a esa niña hacía ya 10 años, cada vez
que alguien conducía ebrio por esa carretera aparecía muerto en
extrañas circunstancias. Decían que era una maldición de
la madre de esa niña, pero si preguntáis en el pueblo, nadie sabrá
nada.
ALAI Verano del 2003